Mi familia es el pedacito de cielo que llevo siempre en el corazón. Son mi raíz, mi refugio, mi hogar, aunque esté lejos. Cada momento que paso con ellos me llena de amor, me sana, me renueva. Es como si todo volviera a su lugar cuando estamos juntos.
Mi mamá, con su ternura infinita y su amor que abraza incluso a la distancia. Mi papá, con su calma, sus consejos y sus palabras que siempre llegan a tiempo, justo cuando más los necesito. Mis hermanos, que, aunque cada uno tenga su mundo, siempre están ahí para mí, incondicionales, cuando más los necesito. Y mi hermana, que ha sido y sigue siendo mi cómplice cuando quiero hacer algo, con su energía ayuda cuando la necesito.
Pero no solo son los abrazos y el apoyo lo que me une a ellos. También son los almuerzos compartidos, las risas, las bromas entre nosotros… esos momentos simples que me llenan el alma. Vivir lejos no ha hecho más que enseñarme cuánto los quiero y cuánto los valoro. Porque, aunque la vida me lleve por distintos caminos, el corazón siempre me lleva de regreso a ellos. Volver a casa, compartir risas y silencios… es un regalo que no tiene precio.






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