Mi viaje a Petra, Jordania, fue una de las aventuras más interesantes e inesperadas que he tenido. Había escuchado hablar de Petra antes -la famosa ciudad rojiza tallada en piedra-, pero nada pudo prepararme para la sensación de asombro que sentí al estar ahí en persona.
Desde el momento en que llegué, quedé cautivada. Los colores de las rocas parecían cambiar con la luz del sol, pintando el paisaje en tonos dorados, rosados y rojo intenso. Caminar por el Siq, el estrecho cañón que lleva al icónico Tesoro, fue como retroceder en el tiempo. La historia que envolvía cada piedra era exactamente lo que anhelaba: antigua, rica y misteriosa.
La combinación de cultura, clima y cálida hospitalidad lo hizo aún más especial. El clima era perfecto para explorar: soleado, pero sin ser abrumador. ¿Y la gente? Amable, acogedora y deseosa de compartir sus tradiciones y sus historias. Me sumergí en la cultura local y aprendí muchísimo.
Una de mis partes favoritas de viajar es descubrir nuevas comidas, y la gastronomía jordana no me decepcionó. Cada bocado fue un placer, desde el pan recién horneado hasta las carnes especiadas y los dulces típicos.
Me encanta visitar nuevos lugares, conocer diferentes culturas y probar sabores que nunca había experimentado. Estas vivencias llenan mi corazón y me hacen realmente feliz. Petra me recordó por qué viajo: para sentirme inspirada, conectada y viva.






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