Todos somos diferentes. Pensamos de forma diferente, hablamos de forma diferente, tenemos hábitos diferentes y cada uno tiene su propia manera de hacer las cosas. E, inevitablemente, algunas de esas cosas pueden molestar, frustrar o, sencillamente, no tener sentido para otra persona. Eso forma parte de convivir con otras personas. A veces, otra persona puede señalar algo sobre nosotros que nunca antes habíamos notado. Y si es algo en lo que reconocemos que podemos mejorar, no hay nada de malo en esforzarnos por trabajar en ello. Pero también hay otra cara de la moneda. Cuando realmente nos importa tener a alguien en nuestras vidas, también aprendemos a comprender aquellas cosas que le hacen diferente de nosotros. No todo tiene que cambiarse. A veces, simplemente hace falta un poco de paciencia y aceptación. Y creo que ahí es donde entra en juego el equilibrio. Podemos trabajar en nosotros mismos sin perder nuestra esencia. Podemos comunicarnos cuando algo nos molesta sin esperar que la otra persona cambie de la noche a la mañana. Y podemos intentar comprendernos mutuamente en lugar de esperar que todo el mundo piense, actúe o reaccione como nosotros. Porque ninguna relación —ya sea de amistad, familiar, de pareja […]