Ser peruana no es solo haber nacido en esa tierra. Es haber crecido con su historia, con su lucha, con su sabor, con su resiliencia.
Y por eso duele.
En menos de diez años, ocho presidentes. Ocho rostros prometiendo cambios. Ocho discursos hablando de esperanza. Y el resultado siempre es el mismo: crisis, destituciones, corrupción, cárcel, decepción. No es solo inestabilidad política. Es una fractura moral.
Mi abuelito escribió un libro cuando tenía casi ochenta años. Ochenta años de vida. Ochenta años viendo al país pasar por ciclos de ilusión y desilusión. Y aun así, en lugar de resignarse, decidió escribir. No para hacerse famoso. No para ganar dinero. Sino para dejar algo. Para intentar despertar conciencia. Para recordarnos que votar debía ser un acto responsable, informado, hecho con corazón y con criterio.
Él creía que la ciudadanía tenía que pensar antes de entregar el futuro del país. Pero yo crecí escuchando algo muy distinto: “Hay que votar por el menos peor.” ¿En qué momento normalizamos eso? ¿Cómo puede ser que vayamos a las urnas pensando no en quién es el mejor preparado, el más íntegro, el más comprometido… sino en quién creemos que hará menos daño? Eso no es esperanza. Eso es resignación. Y sí, sé que no es solo Perú. Es una crisis que se repite en muchos países. Pero eso no le quita el dolor.
Porque estamos hablando de algo sagrado: de la tierra donde nacimos, de la gente que trabaja cada día, de las generaciones que lucharon antes que nosotros. Un país no es un cargo político. No es una oportunidad personal. No es una escalera para ambiciones individuales. Un país es memoria. Es cultura milenaria. Es identidad. Es dignidad.
Perú tiene tanto que dar al mundo: gastronomía que une, historia que enseña, naturaleza que asombra, corazones que resisten. Y sin embargo, seguimos permitiendo que lo dirijan personas que no parecen comprender el peso de esa responsabilidad. No se ama a un país utilizándolo. No se honra a una patria sirviéndose de ella. No se es verdaderamente peruano cuando se gobierna sin conciencia. Amar al Perú también es exigir más. Es negarnos a normalizar el “menos peor”. Es recordar que la política debería ser servicio, no estrategia. Hoy me siento triste. A veces avergonzada de quienes nos han representado. Pero jamás avergonzada de ser peruana.
Porque el Perú real no está en el Palacio. Está en su gente. En su memoria. En su dignidad. En hombres como mi abuelito, que a los ochenta años todavía creían que valía la pena intentar despertar conciencia. Y mientras existan personas así, todavía hay esperanza.
Y mientras existan personas así, aún hay esperanza.





